miércoles, octubre 11, 2006

Los medios y el ciudadano agobiado






















Me envía esto un apreciado amigo...

En el marco de las habituales reflexiones sobre lo público, quiero compartirles este artículo que he llamado "Los medios y el ciudadano agobiado" y que aparece hoy en la edición de El Nuevo Siglo. Mis mejores deseos.





Los medios y el ciudadano agobiado


Por John Mario González
Especial para El Nuevo Siglo

No hay duda de que en Colombia la prensa goza de amplia libertad para el ejercicio periodístico, a pesar de los riesgos y las difíciles circunstancias del país. Y hay menos duda del ingente esfuerzo de los medios por informar y cumplir su función con profesionalismo. Desarrollan una tarea con asombrosa inmediatez; una titánica labor de escudriñamiento de la actividad política y pública.

Pero curiosamente resulta paradójica la relación o beneficio entre el papel de los medios y la claridad informativa que finalmente logra el ciudadano. Antes que informado y con elementos de juicio sobre el acontecer nacional, el ciudadano medio termina agobiado por la avalancha de noticias, de enfoques y hasta de frivolidades que transcurren a diario por los medios. Una periodista francesa, Miléne Sauloy, decía hace años que en Colombia se suceden tal cantidad de escándalos que en Francia darían para tumbar un ministro cada 20 minutos.

Pero aquí después de la vorágine todo cobra un tibio sentido de normalidad, como si no pasara nada. En cambio, para hilvanar la pista de los acontecimientos, el ciudadano debe adquirir más de un periódico o revista, escuchar más de una estación de radio y como si fuera poco debe atender los escasos programas de opinión que existen.

Pero ojo, sólo para tener una pista de los hechos o estar medianamente informado. La gran mayoría de escándalos o acontecimientos desaparecen sin mayor consecuencia en la balumba de noticias posteriores; de desinformaciones y rectificaciones; en los despachos judiciales, las estadísticas oficiales, en las arremetidas gubernamentales y a veces simplemente basta el desmentido de los implicados. Al final, la claridad y la transparencia son los grandes damnificados. El resultado es un ciudadano impotente y agobiado por la incertidumbre, y que no tiene más recurso que la sospecha.

¿Qué camino u opción le queda, por ejemplo, frente a las versiones de los montajes del Ejército; a la premura con que el Fiscal desestimó las evidencias iniciales; al mismo escándalo de la Fiscalía; al bochornoso insuceso en la Superintendencia de Notariado y Registro; a los desvíos de los recursos de las ARS para los paramilitares; al testimonio de Virginia Vallejo o la investigación última sobre la muerte de Galán, a los escándalos del DAS o las muertes en Guaitarilla?
Evidentemente, no es un asunto que competa sólo a los medios, porque la debilidad y desorden institucional contribuyen a ello.

Pero también es un problema que puede ser mitigado desde los mismos medios de comunicación. En primer lugar, porque subsiste un exceso en el cubrimiento de fuentes oficiales en detrimento del análisis informativo y la ponderación con otras fuentes. Al Presidente de la República, verbigracia, se le pregunta sobre lo divino y lo humano. Se le indaga sobre qué se debe hacer con un supuesto violador o abusador de menores en Córdoba, cuando en ese caso otras figuras institucionales son las llamadas a pronunciarse. Segundo, y aunque existe un amplio número de columnistas y opinadores que resaltan por su diversidad especialmente los fines de semana, el análisis noticioso es precario. En muchos de los casos no son otra cosa que tribunas para acusar, lanzar diatribas o discurrir en nimiedades.

El análisis propiamente dicho escasea en los medios, con sólo algunas pocas excepciones en la prensa escrita, entre otras razones porque parece cundir cierta ingenuidad y tendencia a reiterar lugares comunes. Los ciudadanos están acostumbrados a ver o leer año a año en los medios informativos las expresiones lucha contra la politiquería y la corrupción, reforma política de fondo, modernización del Congreso, reforma tributaria estructural, reforma institucional, reforma a la justicia, inversión social y demás sin tener en verdad claridad sobre lo que con eso se quiere decir.

Adicionalmente, el síndrome de la chiva y el afán comercial han impuesto la tendencia a buscar el escándalo más resonante, el más estridente, pero sin seguimiento alguno, y para ajustar en muchos casos en espacios noticiosos de la radio y la televisión el objetivo no es informar, sino entretener.

Así las cosas, aunque la libertad de información es inherente y necesaria en la sociedad moderna y democrática, en Colombia los medios están logrando un resultado paradójico. Nadie desconoce su importancia y esfuerzo, pero antes que un ciudadano bien informado, lo que hay es un ciudadano agobiado, que perdió la capacidad de asombro, que prefiere la frivolidad y que en buena parte se le induce a la pasividad.

john.mariogonzalez@yahoo.com

4 comentarios:

  1. A veces son contradictorios ciertos conceptos, por ejemplo, uno es libre de hacer lo que le plazca pero llega un momento que esa libertad lo condiciona a uno...

    Mi punto es, Muchas es la información con la que somos atiborrados y es cierto, hay poco tiempo y talento para entender algunas noticias y hechos, pero creo que es precio que pagamos...

    Hasta pronto. Una abrazo.

    ResponderEliminar
  2. La información que se maneja en los medios no es confiable, ni acá ni en ninguna parte, además tienen memoria selectiva, solo se acuerdan de lo que es conveniente...

    ResponderEliminar
  3. Y siguen pasando cosas, se informa, se desinforma, se acusa, se defiende. No hay tiempo ni de pensar si lo que escuchamos o vemos por las noticias puede ser verdad o mentira.

    A la final se nos olvida...y la historia se repite...

    Saludos desde la Perla del Otún

    ResponderEliminar
  4. Corajudo y bien argumentado este artículo.

    ResponderEliminar